Revista Fuentes Estadísticas
Fuentes Internacionales - Revista Nº 70 - Septiembre de 2003
Instituciones para el desarrollo sostenible
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Juan Antonio Martínez Marqués |
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Periodista, master en Comunidades Europeas y doctorando de la Universidad Autónoma de Madrid |
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Introducción La
formulación del concepto de desarrollo sostenible por primera vez en los
años ochenta[1]
fue el aldabonazo definitivo para que los gobiernos occidentales y las
instituciones mundiales tomaran conciencia de la responsabilidad
ineludible que tenían para proponer un nuevo modelo de desarrollo económico
que integrase los aspectos sociales y medioambientales bajo el principio
de su sostenibilidad en el tiempo. La
preocupación por las cuestiones medioambientales ha ido a remolque de los
acontecimientos. Los estados han legislado para reparar los efectos de la
sobreexplotación de recursos y la emisión de contaminantes sobre el
medio antes que para prevenirlos a través de nuevos modelos de gestión
económica y social compatibles con el entorno. Las primeras normas
surgieron así en Inglaterra como respuesta al impacto de un fenómeno
nuevo como la revolución industrial. Estas leyes pretendieron mejorar en
1821 la calidad del aire de aquellas regiones donde la contaminación era
alta debido a los hornos de fundición. Posteriormente, en 1863, el
Parlamento británico promulgó el "decreto alcalino", que exigía
a determinados fabricantes la eliminación del 95% del ácido clorhídrico
vertido, y creó la primera entidad de control de la contaminación del
mundo: el "Alkali Inspectorate". En el siglo XX, las primeras
leyes ambientales combatieron la contaminación del agua en determinados ríos
de Inglaterra (1951). En Estados Unidos se aprobó la primera ley
sobre aire limpio (Clean Air Act) en 1955, y la del agua (Clean Water Act
) en 1972. El National Environmental Policy Act (NEPA) fue la primera
norma que exigió en 1969 a las agencias federales la realización de
estudios de impacto ambiental. En 1970, se constituyó la Environmental
Protection Agency (EPA), una agencia encargada de establecer los máximos
permitidos para las sustancias contaminantes en EE.UU., así como de
elaborar y gestionar la política medioambiental del país norteamericano.
Esta
ha sido la tónica general: los gobiernos han intentado reaccionar ante
las señales o alertas del deterioro medioambiental pero sin cambiar el
modelo de desarrollo que las provoca, solamente se ha tratado de paliar en
la medida de lo posible sus efectos. Recientemente, por ejemplo, cuando la
capa de ozono se sintió amenazada, los países se coordinaron para crear
una nueva institución para protegerla, el Protocolo de Montreal, que si
bien recoge un compromiso y un calendario para reducir el uso de las
sustancias que destruyen la capa de ozono, no dispone de mecanismos para
abordar de forma integral, por ejemplo, una política industrial o agrícola
menos agresiva. Estas
regulaciones fueron las primeras respuestas de los Estados ante los
efectos no deseados de la industrialización y muy pronto serían
secundadas en mayor o menor medida por el resto de países
industrializados. Pero las señales emitidas por algunos indicadores sobre
la dificultad de la naturaleza para regenerar los recursos naturales, al
igual que el impacto social del modelo de crecimiento económico actual,
han hecho saltar las alarmas sociales, situando el concepto del desarrollo
sostenible en el centro del debate mundial. Se
trata de una cuestión difícil de abordar porque el desarrollo sostenible
es más que un concepto una filosofía que implica y afecta a todas las áreas
sociales y económicas, y que tendría que impregnar la acción de los
gobiernos como un principio capital de la gestión política. A
título declarativo lo han entendido, que no asumido, todos los gobiernos
y las instituciones. Quizás una de las experiencias más efectivas pueda
ser la Unión Europea, que ya en la cumbre de Jefes de Estado y de
Gobierno celebrada en París en 1972 realizó una importante declaración
que pone de manifiesto la necesidad de integrar el desarrollo económico
con las políticas de protección del medio: “La
expansión económica, que no es un fin en sí, debe, prioritariamente,
permitir atenuar la disparidad de las condiciones de vida. Debe traducirse
en una mejora de la calidad y nivel de vida, concediéndose una atención
particular a los valores y bienes no materiales y a la protección del
medio ambiente, a fin de poner el progreso al servicio de los hombres”.
El
proyecto de Unión Europea se podría convertir en un ejemplo para
comprender que los nuevos retos sociales, demográficos, económicos y
medioambientales planteados por el principio de desarrollo sostenible
necesitan también no solo nuevas instituciones que los integren, los
amparen y los defiendan en el tiempo, sino también un esfuerzo añadido
por adaptar los gobiernos, las leyes y normas, los tribunales, las
empresas y los mercados y, en definitiva, la sociedad y todas las
organizaciones y asociaciones que la vertebran. Qué
duda cabe que las instituciones, al igual que las sociedades a las que
sirven, evolucionan con el tiempo para adaptarse a cambios tan
vertiginosos como la globalización, la revolución tecnológica, la nueva
estructura demográfica o al que propone un concepto tan integrador de políticas
y voluntades como el desarrollo sostenible. Las
instituciones que sirvan a este objetivo necesariamente tienen que
aglutinar grandes esfuerzos en una misma dirección para corregir
tendencias, variar esquemas y patrones económicos, imponer nuevas normas,
en definitiva, para cambiar el paradigma actual de crecimiento por el de
un desarrollo sostenido en el tiempo. Sin
este enfoque integrador se convierte el mismo concepto del desarrollo
sostenible en un término contradictorio, porque ¿es posible sostener o
sustentar en el tiempo el modelo de desarrollo económico y social actual
sin seguir abriendo enormes brechas en el desarrollo entre países y
provocando fracturas sociales y medioambientales? Los primeros indicadores
que advierten del cambio climático, de la pérdida de biodiversidad y de
las distintas formas de contaminación nos advierten de que no es posible. 2.
¿Qué funciones deben cumplir las instituciones del desarrollo
sostenible?
Como
garantes de normas, las instituciones son organizaciones o entes que
regulan y coordinan las actividades sociales en pos del bien común. Son
esenciales para hacer respetar las leyes y tratar de confluir los
intereses encontrados en una misma dirección. En este caso, para caminar
en la dirección del desarrollo sostenible. En
el informe anual del Banco Mundial sobre el desarrollo, se incluye un capítulo
sobre Instituciones para el Desarrollo Sostenible[2].
Según este organismo, cada vez más sensibilizado con estas cuestiones,
las funciones esenciales que deben cumplir las instituciones del
desarrollo sostenible son las de recoger o recopilar información –‘señales’,
se dice en el citado informe- sobre las necesidades y los problemas
medioambientales, estableciendo una conexión de doble dirección o feedback con los ciudadanos. Asimismo,
subraya el Banco Mundial, las instituciones deben contrapesar y equilibrar
los diferentes intereses a través del diálogo, fomentando los acuerdos,
etcétera. Y, por último, las instituciones lógicamente están para
decidir y buscar soluciones adoptando medidas en uno u otro sentido. Difícilmente
pueden los gobiernos e instituciones mundiales acometer este reto si antes
no son capaces de construir un sistema de indicadores fiable, válido y
coordinado para realizar un seguimiento exhaustivo y evaluar los
resultados de su acción política. Esta es la clave del nuevo edificio
institucional que promueva el desarrollo sostenible. Sin
embargo, este enfoque de Banco Mundial, aunque certero, resulta
insuficiente. Se confía, casi ciegamente, en la capacidad de los agentes
económicos y la sociedad para encontrar soluciones que satisfagan a todas
las partes pero nada se dice de la capacidad sancionadora de los gobiernos
cuando el sector privado ha sido incapaz de llegar a acuerdos
satisfactorios. Poco se puede esperar de las instituciones que no marquen
claramente los objetivos de su acción y establezcan unas normas claras de
comportamiento o no dispongan de medios apropiados –ya sea financiación,
autonomía o capacidad sancionadora, por citar tan solo algunos elementos-
para cumplir sus políticas. Por
otra parte, el avance en el objetivo de la sostenibilidad estará muy
limitado si la información y los indicadores que reflejan la acción política
de cada organización es un mundo estanco respecto al otro. Hace falta
pensar de una manera global y unir todas las esferas de la política, la
economía y la sociedad, bajo unos mismos objetivos y bajo unos mismos
indicadores. Esta sea quizás una de las funciones más importantes que
deberá cumplir una organización o institución medioambiental, la de
servir de nexo de unión entre los distintos intereses y coordinar las
acciones necesarias en todas las áreas de la política, la economía y la
sociedad a través de un buen sistema de información. El enfoque debe
ser, por lo tanto, multisectorial. El medio ambiente engloba e influye en
la economía, la salud, en el desarrollo y el bienestar de un país, en el
empleo, etcétera. Para
ello es importante resolver, en primer lugar, las deficiencias estadísticas
de los países, un esfuerzo que requiere no sólo financiación sino también
el compromiso político tanto a nivel nacional como internacional. El
enfoque de estos nuevos sistemas de información necesariamente ha de ser
a largo plazo, de modo que los planes estadísticos de los países y de
las organizaciones se puedan sostener en el tiempo. Tal y como se señala
en el último Informe de Desarrollo Humano de la ONU[3],
la constitución de una agencia estadística internacional podría ser un
importante punto de inflexión para construir un sistema de indicadores
que uniese a todos los países bajo los mismos estándares y marco de
trabajo. El Literacy Assesment and Monitoring Programme del Instituto de
Estadísticas de la UNESCO[4]
es un buen ejemplo de colaboración entre los países en desarrollo y los
expertos y agencias estadísticas para desarrollar unos indicadores y una
metodología que permita la comparación de la información. La
dispersión de intereses es probablemente una de las principales barreras
que una institución debe superar y tratar de integrar. Tal vez, para
apuntar en la dirección correcta, las instituciones deban, en primer
lugar, establecer una nueva jerarquía de intereses, en el que el
desarrollo sostenible figure en un lugar muy destacado, condicione las políticas
y se convierta en una aduana donde todas las políticas deban pagar un
peaje, incluso la competitividad de las economías y las empresas,
observando, por supuesto, distintas cautelas para no asfixiar la actividad
económica. Para
acometer los distintos retos medioambientales se requiere, en definitiva,
una gran dosis de flexibilidad que nada tiene que ver con la rigidez y la
tradicional segmentación de las distintas áreas que componen un
Gobierno. Por
lo tanto, hace falta, sin duda, un cambio de valores, una nueva educación
tanto de nuestros gobernantes como de la sociedad en general. De nada
sirve levantar un edificio normativo si no se han logrado asimilar y
cimentar convenientemente los principios que lo sustentan. De ahí la gran
misión formativa que tienen también las instituciones, tanto dentro de
la propia organización, hacia sus propios miembros, como de puertas
afuera, hacia la sociedad. Sólo
se podrán explicar y justificar su funciones si logramos disponer de un
sistema de indicadores completo y fiable que guíe la intervención de los
poderes públicos y revise también su actuación a la vista de los
objetivos alcanzados en pos del desarrollo sostenible. Razón esta también
para pedir que las instituciones que se levanten sean lo más
representativas y extensas posibles para que no se conviertan en dominios
sectoriales sobre los que no se puede realizar un control efectivo, sino
que integren a la sociedad civil en sus procesos de decisión. 3.
¿A quién corresponde tomar la iniciativa? La
creación de nuevas instituciones o de nuevos instrumentos en las ya
existentes es un esfuerzo conjunto en el que, además de los gobiernos,
tanto en el ámbito nacional como internacional ya que se trata, en última
instancia, de los interlocutores válidos para tomar decisiones ante
cualquier instancia u organismo supranacional, también tiene que
participar la sociedad civil, apoyada en el sector privado, las empresas y las
distintas organizaciones sociales, sindicales, ONGs, etcétera. El
mayor compromiso y presencia de la sociedad civil en los asuntos públicos
es un hecho incuestionable y ha marcado la última década en los países
occidentales. Su intervención será cada vez más importante tanto en
pequeños asuntos como en grandes cuestiones, como las que encierra la
globalización económica o el desarrollo sostenible. Por eso, irá
adquiriendo cada vez más un papel protagonista y será un interlocutor válido
en cualquier reforma, política o regulación que se adopte. Es
fundamental para ello facilitar el acceso a la información sobre el
desarrollo sostenible, de modo que la propia sociedad se convierta en
garante de sus derechos y en fiscal de las acciones contrarias a los
objetivos medioambientales establecidos. Sin
embargo, no parece muy oportuno cargar sobre los hombros de la sociedad
civil el reto de cambiar el modelo de desarrollo económico y social, sino
que la iniciativa corresponde a los gobiernos, al sector público, que es
quien gestiona y administra los bienes que son comunes. El medio ambiente
entra en esta categoría y es una responsabilidad que, en mi opinión, no
puede desatender. Los
gobiernos tienen un papel fundamental en la formulación de objetivos,
estrategias y la adopción de medidas. También tienen la capacidad para
promover los cambios adecuados en las normativas y adoptar nuevas
regulaciones que respondan a las necesidades medioambientales.
Sin
embargo, el proceso de descentralización de funciones llevado a cabo por
las democracias occidentales, así como la retirada del Estado de muchas
áreas económicas bajo el impulso privatizador de los años noventa, en
un contexto de restricciones presupuestarias y eliminación de los déficit
públicos, dificulta la puesta en marcha de medidas efectivas. Hay,
en este sentido, una devolución de responsabilidades al sector privado y
también a los poderes locales, que tienen ante sí el reto de promover la
acción del sector privado y de la sociedad en su conjunto a través de
distintos incentivos, subvenciones y una gestión eficiente de los
presupuestos. El
concurso de los poderes municipales o locales entraña, sin embargo, el
riesgo de que no exista una unidad de acción coherente entre las
distintas administraciones y se solapen políticas o queden ‘zonas
grises’ de gestión y de responsabilidad. La Administración central
tiene el deber de disolver estas amenazas mediante una coordinación
eficaz de los distintos instrumentos de cohesión territorial que tiene a
su alcance. El diseño de indicadores debe superar, por lo tanto, este
obstáculo porque el alcance del radio de información de un sistema de
cuentas medioambientales ha de ser global y no se puede limitar ni
parcelar por territorios, áreas competenciales o grupos de acción, etcétera. Pero
si las administraciones necesitan integrar esfuerzos y buscar la
participación activa de las organizaciones no gubernamentales (ONGs) y de
los distintos agentes sociales a través, por ejemplo, de mecanismos de
financiación para desarrollar sus campañas de acción, lo han de hacer a
partir de la unidad y coherencia. El principal papel que corresponde a las
instituciones es el de planificar los objetivos, coordinar las acciones y
evaluar los resultados a la luz de buenos mecanismos de recogida de
información. De este modo, se asegura el valioso concurso social de las
distintas organizaciones y asociaciones, que se convierten así en agentes
activos que no sólo se limitan a fiscalizar la acción o la inacción de
los poderes públicos. Existe,
en definitiva, espacio para la acción privada y la intervención del
sector público en este terreno debe tratar de estimularla y encauzarla.
Como observó Alexis de Toqueville en el clásico “La democracia en América”,
un centralismo gubernamental y administrativo excesivo “debilita a los
pueblos, los languidece, desmotiva, desciudadaniza y los convierte sólo
en súbditos administrados”. Hacer posible un desarrollo sostenible
requiere el concurso de los ciudadanos para que también se sientan
responsables de su acción. La
opinión pública, si se puede hablar de este concepto como tal, se ha
convertido en un verdadero poder, muchas veces instrumentalizado, pero que
ha encontrado también sus propios cauces de expresión a través de las
ONGs, los sindicatos, campañas legislativas, consultas de opinión, etcétera.
Con las facilidades que proporcionan además las nuevas Tecnologías de la
Información y la Comunicación, la sociedad civil está exigiendo el máximo
compromiso a lo gobiernos y también a las empresas en todo lo
concerniente al desarrollo sostenible. En
este sentido, las empresas se han encontrado empujadas tanto desde la
Administración como de la propia sociedad para respetar al máximo el
medio en su actividad empresarial. Por este motivo, han surgido distintos
códigos de conducta de las empresas o los sectores, así como el
cumplimiento de normas de calidad (ISO 14.001 o el sistema europeo EMAS
–European Union’s Environmental Management and Audit-) que, en muchas
ocasiones, tiene más de relaciones públicas o de imagen social que de
compromiso, pero que inevitablemente implica un cambio de filosofía y de
gestión que con el tiempo se consolidará en la cultura empresarial.
Aunque se trata todavía de acuerdos voluntarios supone un importante paso
adelante siempre que las estrategias, compromisos o acuerdos se fraguen en
objetivos y resultados controlables. Nuevamente aquí subyace la necesidad
de que cada organización, administración o ente tenga la posibilidad de
evaluar y auditar sus resultados medioambientales a través de indicadores
estadísticos fiables y comparables. Para
que la sociedad civil sea una institución más en el desarrollo
sostenible hace falta promover promover campañas de información para
hacer a los ciudadanos más conscientes y participativos en el desafío
que representa. Esta interacción con la sociedad se ha llevado a cabo en
países como Bélgica a través de la consulta, la recogida de peticiones
y quejas de los ciudadanos. Se trata de contribuciones que no pueden
desestimarse y que hay que integrar dentro del sistema porque nutren a los
gobiernos de una información valiosísima y son un mecanismo de
transparencia incuestionable. Siguiendo
en esta ocasión la línea adoptada por la OCDE en su informe sobre el
Desarrollo Sostenible[5],
los gobiernos han tenido en cuenta tres enfoques para integrar el
desarrollo sostenible en su acción ejecutiva. En
primer lugar, se ha buscado la coordinación interministerial a través de
grupos de trabajo o comités que vigilasen la relación entre la economía
y el medio ambiente. Prácticamente todos los países europeos disponen de
mecanismos similares. Por
otra parte, y sin ser excluyente con el primero, algunos países han
tratado de aplicar medidas estructurales a partir de ‘mega
departamentos’ que integrasen distintas políticas. Es el caso del Reino
Unido que bajo el primer gobierno de Tony Blair creó en 1997 un
Departamento de Medio Ambiente, Transporte y las Regiones. También los Países
Bajos unieron bajo un gran Ministerio las áreas medioambiental y de
planificación territorial. Como reconoce la propia OCDE, el grado de
integración de los aspectos medioambientales es muy desigual cuando se
intentan coordinar distintas políticas. Para tratar de paliar este
resultado, el Reino Unido e Italia establecieron ‘unidades
medioambientales’ en sectores y Ministerios. Por
último, hay un enfoque estratégico derivado de la presentación de un
plan o agenda gubernamental donde se concretan los objetivos y las
acciones previstas. Esta agenda implica escasos cambios estructurales en
los gobiernos y basa su confianza en la capacidad de los ministerios y las
distintas unidades de gobierno para introducir dichos objetivos y
principios en su acción diaria. Se
trata, en definitiva, de aproximaciones escasamente comprometidas para
acometer con garantías el reto planteado por el desarrollo sostenible.
Quizá sea temprano para exigir una acción más decidida pero el hecho es
que ningún gobierno ha condicionado su política económica al respeto de
los principios medioambientales ni ha sometido sus resultados a una nueva
contabilidad que refleje la explotación de los recursos o el impacto del
desarrollo sobre la salud, el bienestar, etcétera. La
experiencia más cercana en este sentido es la de los países nórdicos,
tal y como desvela la propia OCDE. En concreto, Noruega ha establecido un
marco de trabajo entre el Ministerio de Medio Ambiente y el de Finanzas
para preparar un documento anexo a los presupuestos que examine el
‘Perfil Medioambiental de los Presupuestos del Estado’. En dicho
documento se identifican todos los gastos que son debidos en todo o en
parte a los objetivos de política medioambiental. También en Dinamarca
el Gobierno ha tratado de introducir en las cuentas nacionales el factor
medioambiental y los recursos naturales y desde 1997 lanza un informe para
explicar cómo afectará el proyecto de presupuestos a la relación económico-medioambiental. No
obstante, y a pesar de la proliferación de organizaciones surgidas en
torno a la idea del desarrollo sostenible, los gobiernos no se han sentido
obligados por los distintos órganos consultivos. Razón por la que se
trata de dar un nuevo impulso a esta cuestión, que ha languidecido o ha
saturado sin efecto la agenda de los gobiernos durante los años noventa,
a partir de Consejos o Comisiones específicamente llamados de Desarrollo
Sostenible y con la misión de ampliar el enfoque y el tratamiento
conjunto de los aspectos económicos, sociales y medioambientales. Son los
casos de Alemania, con la creación en junio de 2000 del Consejo sobre
Desarrollo Sostenible o del Reino Unido, que estableció un mes después
de la experiencia alemana la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible. El
Reino Unido ha potenciado el alcance de dicha Comisión con la creación
de un Comité Parlamentario encargado de auditar las políticas
gubernamentales desde la perspectiva del desarrollo sostenible. Igualmente
Canadá también dispone de la figura de un comisionario sobre esta
materia con la función de identificar el incumplimiento o desfase
existente entre los objetivos y las acciones propuestas para lograr unos
resultados óptimos. Por
otro lado, la magnitud del reto asociado al desarrollo sostenible desborda
los límites nacionales y, por lo tanto, la propia acción de los
gobiernos. Los gobiernos han comenzado a reconocer que la toma de
decisiones no puede adoptarse desde niveles nacionales, sino que se
requiere un enfoque internacional
o multilateral para que resulten efectivas. Recordemos
que problemas como el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad,
la degradación de los suelos, aguas y la atmósfera, el acceso al agua o
la desertificación son cuestiones que sólo se pueden enfrentar desde una
escala internacional. Por
el momento, los intentos de levantar una institución capaz de aglutinar y
apoyar los diferentes esfuerzos en este sentido han resultado baldíos. En
su lugar, han surgido distintos foros, acuerdos, convenciones al amparo de
diversos entes y organizaciones internacionales, que han incidido en un
problema medioambiental concreto, limitando de este modo el alcance de sus
propuestas y compromisos. Aunque quizás estemos siendo demasiado
rigurosos, porque hace apenas una década que los gobiernos y las
instituciones internacionales han tomado conciencia del problema, se echa
en falta una acción más coordinada. Hay
que destacar a favor de la acción internacional que ya se han puesto los
cimientos en muchas áreas y habrá que esperar que se vaya levantando el
edificio que recoja todas las contribuciones y las dote de una unidad y
coherencia en sus objetivos y acciones dispuestas que, por el momento, no
existe. Diversos
hitos jalonan el recorrido institucional del desarrollo sostenible en el
ámbito internacional. En primer lugar, hay que mencionar la Conferencia
sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la Organización de Naciones Unidas
(ONU) de 1992 y la posterior Cumbre de Río de Janeiro. De esta cumbre
surgirían dos convenios, uno sobre el Cambio Climático (UN Framework
Convention on Climate Change –UNECCC-) y otro sobre la Diversidad Biológica
(Convention on Biological Diversity –CBD-), además de un plan de acción
denominado Agenda 21, que desarrolla a lo largo de 40 capítulos un vasto
y ambicioso plan que todavía hoy constituye un recordatorio del largo
camino que se debe recorrer para cambiar los patrones del modelo de
crecimiento económico actual. Posteriormente
se celebrarían otras cumbres mundiales (World Summit for Social
Development –Copenhagen-) o la más reciente de Johanesburgo de 2002. De
la Declaración de Río, que enumera los derechos y obligaciones
colectivas, individuales y de los gobiernos respecto al medio ambiente y
al desarrollo, y su responsabilidad con las generaciones futuras, hay que
destacar también la formulación de una serie de principios que deben
guiar la acción de los gobiernos. Especial interés tiene el principio 4,
que expresa la necesidad de integrar la protección medioambiental en el
proceso de desarrollo. También se hace hincapié en el distinto grado de
responsabilidad que deben asumir los países en función de su nivel de
desarrollo (Principio 7) o de la equidad intergeneracional (Principio 3). El
arranque de las cuestiones medioambientales de Naciones Unidas se fraguó
después en la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible de la ONU, que
desarrolla desde mediados de los años noventa una importante labor para
sensibilizar a las empresas en conceptos como la ‘eco-eficiencia’. Pero
antes de que emergiese con fuerza el concepto de desarrollo sostenible, la
ONU ya había levantado en la Conferencia de Estocolmo de 1972 el primer
pilar con la constitución del Programa Medioambiental de Naciones Unidas
(PNUMA). Nació con el objetivo de apoyar, estimular y complementar la
acción a todos los niveles de la sociedad humana, sobre todo los
problemas de interés relacionados con el medio ambiente. La
Declaración de Nairobi, de 1997, centró las prioridades en cuatro áreas
fundamentales, como el control y el seguimiento medioambiental a través
de la información y la investigación; la coordinación de asambleas
medioambientales y el desarrollo de instrumentos políticos; la
transferencia de tecnología e industria; y el apoyo de África,
reconociendo, de este modo, el compromiso y vínculo entre el desarrollo
económico y la erradicación de la pobreza. El
testigo de estas primeras iniciativas lo han acabado tomando prácticamente
todas las instituciones y organismos internacionales, aunque sea tan sólo
a título declarativo. En efecto, la Organización Mundial de Comercio (OMC)
ha subrayado en su preámbulo la íntima relación entre el desarrollo
económico y el objetivo del desarrollo sostenible, poniendo de manifiesto
el estrecho vínculo entre el comercio y el desarrollo sostenible. No
obstante, esta organización ha sido el centro de los ataques del
movimiento antiglobalizador que, precisamente, critica el impacto negativo
que, según estos movimientos sociales, tiene la mundialización del
comercio sobre la distribución de la riqueza y el deterioro del medio.
Existe, por lo tanto, un vacío de representatividad o una falta de
transparencia en los mecanismos de toma de decisión que impiden que estas
organizaciones, que no hay que olvidar nacieron con objetivos muy
distintos, se involucren de una forma más decidida y creíble en las
cuestiones sobre el desarrollo sostenible. Otros
organismos han tratado también de hilar fino en esta cuestión, como el
Banco Mundial. Su enfoque es, no obstante, muy interesante ya que en 1999
lanzó el llamado Marco Comprehensivo de Desarrollo (CDF), que es uno de
los documentos más incisivos sobre este asunto. La aportación del Banco
Mundial es valiosa ya que trata, por primera vez, la aplicación de la
‘condicionalidad medioambiental’ en su política de préstamos. También
se han sumado a la carrera del desarrollo sostenible otros organismos económicos
como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE), el Fondo Monetario Internacional, instituciones sociales como los
sindicatos, la Organización Mundial de la Salud (OMS), a través de un
Departamento exclusivo sobre Salud y Desarrollo Sostenible (HSD) y todo
tipo de instancias internacionales y regionales, como la Unión Europea,
NAFTA, etcétera. Tal vez sea esta la primera batalla ganada por el
desarrollo sostenible. El
resumen de las principales iniciativas surgidas a propósito del
desarrollo sostenible en las principales organizaciones internacionales se
puede consultar en el anexo[6]
al presente escrito. Entre las cuestiones que se abordan en el resumen
efectuado por la OCDE figuran la participación de ONGs o asociaciones
civiles en los ámbitos de decisión o consulta de lor organismos
internacionales, la política de comunicación y difusión de objetivos y
políticas, el grado de integración de las cuestiones sociales, económicas
y medioambientales en la estrategia de desarrollo sostenible y la
responsabilidad o compromiso adquirido por dichas organizaciones en el
cumplimiento y respuesta de los objetivos propuestos. Quizá sea este el
aspecto más débil de las distintas estrategias de desarrollo sostenible.
Pocos organimos realizan auditorías de sus resultados a la luz de las
metas propuestas, por lo que no se puede contrastar y comparar la acción
de estas organizaciones. La
reforma de las instituciones económicas mundiales debe incluir entre sus
objetivos y parámetros económicos cuestiones sobre el desarrollo
sostenible. Es fundamental que se reconozca que los costes sociales y
medioambientales de la actividad económica deben ser recogidos y asumidos
sus costes en el momento presente, en el precio pagado por ese desarrollo. Asimismo
han ido surgiendo diferentes comisiones, mesas redondas, acuerdos
multilaterales, etcétera, con el mismo denominador común del desarrollo
sostenible pero también con la importante rémora de que las medidas
adoptadas no son, en la mayoría de los casos, obligatorias para los países
firmantes, sino que se someten a la voluntad de los propios firmantes, ya
sean gobiernos, empresas, organizaciones de distinto índole, etcétera. Una
de las tareas prioritarias para encaminar la acción institucional de las
distintas organizaciones es superar, precisamente, esa dispersión de
esfuerzos y recursos para tratar de aglutinar en un mismo organismo lo
que, actualmente, se encuentra muy disperso y que impide ser más
efectivos en sus objetivos, así como más influyentes en su área de acción.
La
sociedad confía plenamente en las instituciones y organismos que
defienden el medio ambiente, tal y como queda demostrado en distintas
encuestas de opinión. Una llevada a cabo por la Fundación Gorbachev de
América del Norte refleja que el movimiento medioambiental suscita la
confianza del 62% de las personas encuestadas, tan sólo por debajo del
que los ciudadanos depositan en la policía.
4.
¿Cómo deben ser las instituciones para defender el desarrollo
sostenible? La
primera premisa que deben cumplir las instituciones es que sean democráticas
y la participación sólo se puede promover desde la información y la
transparencia ya que la democracia y la información están estrechamente
unidas. Cualquier organización, ya sea nacional o internacional, acuerdo
o compromiso que se adopte en el marco de una conferencia, reunión, etcétera,
debe ser suficientemente representativa de la sociedad. Las instituciones
deben escuchar y dar cabida a las distintas voces en conflicto y no ser
excluyentes, de modo que contribuyan a la transparencia de su acción y
cuenten con la suficiente legitimidad y autoridad. No olvidemos que, en
ocasiones, se deja fuera del debate público a minorías importantes, como
las poblaciones indígenas o a otros grupos marginales de la sociedad. Hace
falta que se diseñen procedimientos de participación y de consulta
eficaces, que promuevan el feedback en la sociedad. Las nuevas tecnologías de la información
han convertido en una realidad ese viejo sueño de la comunicación en todas las direcciones posibles, de todos
con todos, de modo que los ciudadanos podamos sentirnos involucrados en
las decisiones y ser parte de la acción institucional. Recoger esa
información y darle sentido para emprender acciones correctoras es una
prioridad para cualquier institución medioambiental. La
Convención Aarhus, que desarrolla el principio 10 de la Declaración de Río,
revela esta ambición al denominarse Convención en el Acceso a la
Información, Participación pública en la toma de decisiones y Acceso a
la Justicia en los Asuntos Medioambientales, un organismo administrado por
la Comisión Económica para Europa de Naciones Unidas. Entre
sus previsiones o objetivos incluye el acceso a la información y la
justicia y la participación en los procesos de decisión. En
efecto, la información medioambiental guardada por los poderes públicos
debería ser accesible al público a través de procedimientos claros y
transparentes. Las únicas excepciones, tal y como nos recuerda la citada
Convención, deben venir de la protección de los derechos de propiedad
intelectural, la confidencialidad de los datos personales y la seguridad
nacional. Quizás cautelas demasiado amplias que pueden justificar
numerosos obstáculos pero que se deben limitar de forma clara. Debe
haber también un compromiso explícito por parte de las instituciones de
atender y responder las demandas, consultas o sugerencias que les hagan
llegar los ciudadanos para que el sistema resulte creíble, así como
proveer los mecanismos judiciales necesarios para atender las quejas o
reclamaciones que surjan como consecuencia de restricciones indebidas a
dicha información o a la mera participación ciudadana. Igualmente
la información medioambiental, sus normas, políticas y programas, exigen
una actualización y difusión permanente, que permita el seguimiento de
los objetivos marcados. Sólo de esta manera se puede lograr la efectiva
participación de los ciudadanos. Para
que sean democráticas es necesario que las instituciones que van a
defender el medio ambiente respeten y protejan también los derechos
humanos. Deben estar sometidas a la ley y contemplar los contrapesos
democráticos de la división de poderes –ejecutivo, legislativo y
judicial- en la toma de decisiones. Faltando esta primera condición, la
estructura será muy vulnerable. Pero
el hecho de que las instituciones tengan que ser democráticas no quiere
decir que las decisiones o los objetivos marcados sobre las evidencias
científicas se sometan a votación y consenso. En esta materia, quizás
como en ninguna otra, las decisiones deben basarse en criterios
científicos, si no suficientemente demostrados porque los impactos
medioambientales son díficiles de verificar y comprobar, por lo menos,
que contengan evidencias empíricas que nos permitan identificar y
afrontar con garantías los riesgos medioambientales. Aceptarlas es una
prueba de funcionamiento democrático de una institución, organismo, país
o tribunal que pretenda defender y razonar la conveniencia o no de las
acciones emprendidas. Por ello, es importante preservar la autonomía e
independencia de universidades y centros de investigación. Igualmente
la jurisdicción de las instituciones debe desbordar los límites
nacionales. Deben tener, obviamente, una vocación internacional porque
las cuestiones que se dirimen tienen una incidencia global, no existen
fronteras en el medio ambiente. Pensemos en el cambio climático o la
contaminación de las aguas, etcétera. En este sentido, la Comisión de
Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible ha marcado la dirección al
promover un diálogo sin fronteras. Un encaje institucional adecuado puede
ser que los estados compartan su soberanía en las cuestiones
medioambientales y acaten las decisiones de un órgano superior que vele
por los intereses comunes, tal y como resulta en la Unión Europea. Por
otra parte, las instituciones tienen que ser obviamente eficaces,
lo que quiere decir que deben tomar decisiones y estar provistas de
suficientes mecanismos para cumplir los objetivos marcados. De nada valen
los compromisos de reducción de los distintos contaminates a la atmófera,
suelos o aguas si no existe una autoridad o un marco normativo que lo
vigile y lo sancione en caso de incumplimiento. Se
entra de hecho en el terreno de las responsabilidades, a quién
corresponde sancionar las infracciones. El caso del vertido del petrolero
Prestigue en las costas gallegas es un ejemplo del galimatías
internacional en el que se desenvuelven la petición de responsabilidades
por casos que desbordan en la mayoría de los casos los límites
territoriales de un Estado y que deben dirimirse conjugando los intereses
afectados de diversos países o regiones. La identificación clara de las
responsabilidades es una prioridad en la acción sancionadora de una
institución. El principio europeo de ‘quien contamina paga’ puede ser
una solución siempre que exista una voluntad y autoridad clara por
hacerlo cumplir. Si no existe un riesgo de sanción o es muy difuso
establecer y aclarar las responsabilidades desaparece el compromiso. Asimismo
es importante observar cómo en algunos países la acción de los
tribunales corre paralela a las demandas presentadas por sus ciudadanos.
Es el caso de Estados Unidos, donde las quejas ciudadanas, en muchas
ocasiones impulsadas y tramitadas por distintas asociaciones o ONGs, han
logrado abrir el sistema judicial a los conflictos medioambientales. Una
condición hacia la que deben tender las instituciones es hacia la propia autonomía,
que les salven de la dependencia de la voluntad de los gobiernos o de
intereses sectoriales. Tampoco
parece factible que las instituciones no puedan realizar un seguimiento
exhaustivo de los objetivos fijados para medir y analizar su grado de
cumplimiento, para tener la posibilidad de corregir cualquier desviación
que se produzca. Poco
se podrá hacer si no son también estables
y proyectadas hacia el futuro, condiciones que entran dentro de la
misma esencia de una institución pero que tratándose del medio ambiente
resultan si cabe más subrayables. Los frutos de su acción los recogerán
las generaciones venideras. Pero si no se sientan las bases difícilmente
habrá fruto alguno y comprometeremos gravemente el bienestar futuro. La
visión a largo plazo se debe asumir en todas sus estrategias y en la
necesaria colaboración entre las instituciones y organismos de gobierno
implicados. Si bien gestionar el futuro es una quimera porque nada está
predeterminado, constituye, sin embargo, la esencia misma del gobierno,
por lo que debe pedirse también una acción de estudio e investigación
permanente. Es, por lo tanto, necesario que los gobiernos tiendan puentes
hacia las universidades y busquen su consejo experto en esta materia, por
ser el soporte en el que la sociedad basa su formación y el estudio y la
investigación. Por
último, decir que las instituciones deben ser realistas
y contar con mecanismos financieros suficientes para acometer sus
objetivos. Otra cosa será un tiro al aire. No se pueden construir en el
vacío ni intentar responder a desiderata demasiado ambiciosas, como puede
ser la Agenda 21. La
complejidad de las cuestiones abordadas dentro del concepto de desarrollo
sostenible probablemente no puedan acometerse desde una instancia
internacional, nacional o local. Requiere, por el contrario, un enfoque
capaz de integrar en la misma red a todos los individuos y agentes
sociales y económicos de una sociedad. Las nuevas tecnologías son el
instrumento apropiado para manejar los flujos de información que son
relevantes a la hora de analizar la evolución de los distintos
indicadores. También para priorizar determinadas áreas, mercados o
problemas y, especialmente, para servir de enlace con los ciudadanos y
permitir su participación más activa en las decisiones. Sin
embargo, la acción de los gobiernos sigue siendo fundamental para dar
unidad y coherencia a las distintas propuestas y garantizar la coordinación
de los esfuerzos, recursos, medios y metas dispuestas. 5.
Conclusiones 1.
Las dimensiones sociales, económicas y medioambientales deben abordarse
de forma integrada y gradualmente. Necesitamos instituciones fuertes para
cumplir con este objetivo. 2.
En las estrategias nacionales de desarrollo sostenible, que se enmarcan
dentro del compromiso adoptado por los estados para desarrollar la Agenda
21, debe figurar también un plan estadístico que permita realizar un
seguimiento comparado a través de un sistema indicadores de amplio
espectro sectorial y social. 3.
La configuración y elaboración de un plan estadístico debe respetar
criterios exclusivamente científicos que garanticen el máximo rigor
estadístico, de modo que los resultados no estén interferidos por el
Estado o grupos sectoriales de presión. 4.
Preservar la autonomía e independencia de los organismos estadísticos
encargados de la recogida y elaboración de la información es una tarea
que corresponde a los Estados. La construcción de un sistema de
indicadores que englobe todas las dimensiones del desarrollo sostenible y
nos permita disponer de una imagen fiel y completa de la situación
medioambiental exige la máxima coordinación de organismos e
instituciones, una tarea que sólo pueden llevar a cabo los estados. 5.
En última instancia, la información recabada a través de los distintos
indicadores tiene que ser una información para la acción, es decir, para
promover y accionar todos los resortes disponibles para mejorar y hacer más
eficiente nuestro modelo de desarrollo económico y social. 6.
Reflexión final: el modelo europeo Un
modelo institucional que ha demostrado su efectividad es el europeo. La
Unión Europea se ha enfrentado con el reto del desarrollo sostenible a
través de diversos programas marco y también mediante una perspectiva
sectorial que aglutina estrategias y objetivos en la misma dirección. El
Consejo Europeo de Cardiff de 1998 propuso consejos sectoriales en las áreas
de Transporte, Energía y Agricultura. El
desarrollo sostenible está anclado a los principios y objetivos
fundacionales de la UE. El arranque de la política comunitaria de medio
ambiente hay que encontrarlo, como se ha dicho anteriormente, en la cumbre
de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en París en 1972. En dicha
cumbre, se realizó una importante declaración que pone de manifiesto la
sensibilidad europea por abordar ya en los años setenta la cuestión del
desarrollo sostenible. Posteriormente, el Tratado de Amsterdam reforzó el
papel del desarrollo sostenible en la Comunidad al fijarlo como uno de sus
principios constituyentes. Los Estados miembros de la Unión Europea decidieron compartir su soberanía en este terreno y, actualmente, el marco normativo de la Unión es muy amplio y exigente en algunas facetas aunque mucho más flexible en otras. Sus directivas dejan además un amplio margen a los Estados para la incorporación de los objetivos y principios comunitarios en esta área. Esta libertad de acción posibilita la adaptación de las normas a las peculiaridades de cada país. Quizás su máximo defecto pueda ser el exceso normativo que convierte la regulación medioambiental en una materia difícil de aplicar y también de digerir por los países, empresas y ciudadanos pero constituye, en mi opinión, un claro referente de lo que se puede llevar a cabo desde una institución supracional como la UE. [1] Término que aparece por primera vez en el Informe Brundtland, también conocido como “el futuro de todos” (Comisión mundial para el desarrollo del medio ambiente de Naciones Unidas, 1987) y que se define como aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de generaciones futuras. [2] Banco Mundial (2003), “Institutions for Sustainable Development”, World Developmen Report 2003, pag. 37. [3] ONU (2003), “Human Development Report”. [4] www.uis.unesco.org [5] OCDE (2001), “Sustainable Development. Critical issues”. [6] Ver anexo. |
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Revista Fuentes Estadísticas
SEYDE