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1. La economía ecológica: Desarrollo sostenido y sostenible.
Creo que el título de esta ponencia es suficientemente expresivo, y con él se trata de diferenciar, en un primer estadio y con la máxima claridad posible, qué son desarrollo sostenido y sostenible, porque se trata de cuestiones bien distintas.
El desarrollo sostenido es el que se produce a un cierto ritmo anual y con duración a largo plazo o indefinido, al disponer ya el país de que se trate de las condiciones económicas para ello: recursos de ahorro propios, capitales foráneos que contribuyen a incrementar la inversión, sendos sistemas presupuestario y financiero que canalizan los flujos públicos y privados para la creación, y un clima de emprendimiento adecuado para todo ello.
En cuanto al desarrollo sostenible, además de ser sostenido, debe contar con las características que le permitan continuar de manera indefinida al no enfrentar el crecimiento con la falta de respeto a la naturaleza, es decir, han de respetarse los equilibrios naturales a base de aplicar los criterios de sostenibilidad que son los propios de la
economía ecológica:
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Realizando estudios de impacto ambiental para todas las grandes inversiones.
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Internalizando en el esquema productivo todos los gastos de consumo de capital natural, como cualquier otro gasto de salarios, seguridad social, coste de la financiación, compra de inputs fuera de la empresa, etc.
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Considerando la necesidad de disponer de un presupuesto de la naturaleza en todos los entes públicos y en las grandes corporaciones privadas para asegurar que siempre existe un saldo cero cuando menos.
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Situando siempre, en cualquier aspecto del modelo de crecimiento, el principio de que la Naturaleza, es la variable independiente.
2. Hacia un nuevo ecoparadigma de la sociedad.
En la dirección que apuntamos, y en la sensibilización creciente por los temas ecológicos que es apreciable en la comunidad humana, puede decirse que hasta ahora ha habido cuatro fases sucesivas de conexión con las cuestiones ecológicas; empezando por la primera, de alerta, de creación de inquietudes ya significativas, y que simbólicamente se manifestaron a escala mundial en la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio (con su Carta de la
Tierra), celebrada en Estocolmo en 1972, coincidiendo con la publicación del informe al Club de Roma sobre
Los límites al crecimiento.
El segundo acorde en la senda de concienciación a que nos referimos, lo constituyó, a modo de
diagnóstico, el informe Global 2000, editado en 1980 por el máximo órgano conservacionista de EE.UU., la EPA (Environmental Protection Agency), durante la presidencia de Jimmy Carter, un amplio texto en el que se denuncia el creciente deterioro ambiental del planeta.
El tercer paso fue el hallazgo del método, para contrarrestar en lo posible los deterioros en curso: la teoría del
desarrollo sostenible; que ya estaba emergiendo en multitud de trabajos previos. Expresión que se acuñó por la
Comisión sobre Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, autora del llamado
Informe Brundtland (1987), inclusivo de las proposiciones principales para una economía ecológica.
Por último, cuarto movimiento en la filogenia que estamos sintetizando, ha de mencionarse la
Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992 (Río – 92), en la que se consiguió la firma de dos importantes convenios: el de biodiversidad, para mantener la gran riqueza planetaria de las especies, muchas de ellas en dificultades de supervivencia; y el de
cambio climático, que fue origen del subsiguiente Protocolo de Kioto sobre el cambio climático. Además se hizo pública la
Agenda 21, con toda una serie de concreciones para que cada país disponga de un repertorio de políticas e instrumentos que le permitan
pasar de las musas al teatro, o dicho de otra forma, de las meras inspiraciones a la acción en la efectiva defensa de la naturaleza.
Se ha recorrido, pues, una importante senda, jalonada por esos cuatro momentos sucesivos: alerta, diagnóstico, método, e impulso para la acción.
Sin embargo, sigue habiendo problemas por doquier, que incluso están agravándose: en términos de posible aceleración demográfica, lluvia ácida, deforestación generalizada de las zonas tropicales, desertificación en casi una cuarta parte del planeta, la ya aludida pérdida de biodiversidad, contaminación de mares y sobrepesca, deterioro de la capa de ozono, cambio climático, y multitud de otras cuestiones ambientales. Sin olvidar lo que sucede en las grandes ciudades, donde habitan ya 3.500 millones de personas (más del 50 por 100 de la población mundial), en la mayoría de los casos con deficiencias graves de depuración de aguas, residuos sólidos, atmósfera contaminada, ruido, etc.
Hace tiempo, me ocupé de las cuestiones mencionadas con una cierta amplitud en mis libros
Ecología y desarrollo sostenible (Alianza Editorial, 5ª edición en 1995), y
La reconquista del paraíso. Más allá de la utopía (Temas de Hoy, 2ª edición en 1992); dos publicaciones en las que traté de encontrar el sentido profundo de la política ambiental, para llegar a la conclusión –que se refleja en el título de la segunda de las obras citadas—, de que este mundo en que vivimos es lo más parecido al sueño del paraíso: el
planeta azul, la maravilla de las maravillas de la creación y la evolución, en medio de un universo oscuro y frío en el que no sabemos de la existencia de otros cuerpos siderales que estén poblados por seres inteligentes.
En la dirección que apuntamos, el planeta Tierra, conviene recordarlo, tiene un radio de unos 6.000 kilómetros. Y la biosfera, de la cual nos aprovisionamos de todo, apenas representa una capa de 60 kilómetros de espesor (el 1 por 100 del radio planetario), desde las máximas profundidades abismales hasta la estratosfera ya contaminada, siendo en esa delgada, frágil y alterable biosfera donde producimos y reproducimos la vida humana; en una relación tantas veces contradictoria y destructiva de las poblaciones y el medio abiótico. Y sin embargo, tal como se dijo en Río de Janeiro en 1992, juntos debemos hacer de la Tierra un
habitat hospitalario para todos. O dicho de otra forma, un paraíso en el cual vivir sin los aberrantes dualismos de hoy, y sin la destrucción sistemática del entorno.
Ya sé que esa reconquista del paraíso tiene una fuerte componente utópica. Pero también eran utopías, y ya se han hecho realidad, la desaparición de la esclavitud, o la jornada de 36 horas que preconizaba el propio Tomás Moro; quien precisamente en su libro
Utopía, marcó la génesis de la más inteligente forma de pensar el futuro, anticipando lo mejor de él. En ese sentido, la reconquista del paraíso es una aspiración avalada por la primera ley de la sociología del conocimiento: “las cosas se hacen cuando ya no hay más remedio que hacerlas”. O si se prefiere decirlo de otra manera: “aún tendrán que empeorar las cosas, para que empiecen a mejorar”.
En definitiva, con el medio ambiente, podrá suceder otro tanto, porque se trata de una
guerra mundial silenciosa, de necesaria pacificación. De modo que los designios imperiales de cualquier pretendida hegemonía tendrán que ir cediendo ante las exigencias de un mundo a compartir, con una sola biosfera. Una previsión que tiene su mejor exponente en lo que ocurre ahora con el
Protocolo de Kioto sobre cambio climático.
3. Criterios de sostenibilidad.
La IV Cumbre de la Tierra se celebró en Johannesburgo, entre el 24 de agosto y el 4 de septiembre de 2002. Y si hacemos aquí referencia a la
IV Cumbre, es porque la primera fue la ya aludida de Estocolmo de 1972, en coincidencia con el Informe ya citado al Club de Roma, titulado
Los límites al crecimiento. Ese encuentro y ese libro, constituyeron sendas señales de alerta sobre los males de una biosfera cada vez más acosada por la depredadora especie humana.
La segunda Cumbre, la de la Tierra en sentido más estricto, se reunió en el ya también comentado encuentro de Río de Janeiro en junio de 1992, en el cual se consagró oficialmente la idea del antes específico
desarrollo sostenible.
Un lustro después de Brasil, vendría la tercera Cumbre; la denominada Río + 5, celebrada en Nueva York en 1997, y en la cual hubo de reconocerse, paladinamente, que lejos de mejorar, la situación ambiental seguía degradándose de manera acelerada en todo el planeta.
Hecha la aclaración de por qué la de Johannesburgo fue la IV Cumbre, nos referiremos a los acuerdos adoptados en su marco, que se plasmaron en un Plan de Acción conceptuado por el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan –con mucho más optimismo que la generalidad de los partícipes en la Conferencia—, como “un paso importante en el contexto de unas expectativas demasiado grandes”.
El Plan se resumió en 70 densas páginas de recomendaciones y objetivos con el propósito de conciliar “el crecimiento económico, la justicia social y la protección del medio ambiente”. Los acuerdos más importantes a esos efectos fueron:
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Agua y saneamiento, para el 2015 cubrir las necesidades de agua potable de por lo menos la mitad de los 2.400 millones de personas que en el 2002 carecían de ella.
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Biodiversidad, a fin de recuperar unos niveles equilibrados de recursos pesqueros hacia el año 2015, estableciendo para ello una red universal de protección de los mares.
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Gestión forestal, al objeto de alcanzar el desarrollo sostenible de los bosques naturales, configurando ese propósito como un objetivo prioritario destinado a poner fin a la deforestación (sin fecha).
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Energía, en la idea de promover el uso creciente de los recursos renovables, con la premisa de ratificar el Protocolo de Kioto.
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Desertificación, teniendo como horizonte detener los avanzados procesos de erosión hoy en curso, combatiendo así los efectos de sequías e inundaciones.
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Condiciones de vida en las grandes ciudades, para mejorarlas, con un primer programa dedicado a 100 millones de habitantes en las más degradadas.
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Industria química, con la meta de producir y consumir de manera más adecuada reduciendo de esa manera su impacto negativo en el medio ambiente y la salud humana.
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Cooperación gobiernos/ONGs: apoyar los programas de desarrollo sostenible auspiciados por tales organizaciones y las demás entidades de voluntariado.
Con todo, el más importante motor del deterioro sigue siendo el crecimiento de la población. Cuyo freno futuro resulta más incierto de lo que en ocasiones se presume; a causa de las fuertes inercias demográficas del Tercer Mundo, y del posible relanzamiento de la población en China, si llega a debilitarse, como parece más que probable, la política de “un solo hijo por pareja”. Como también ha de tenerse en cuenta el crecimiento más fuerte –aunque sea un factor muy modesto— de las propias poblaciones de los países avanzados a consecuencia de los acelerados procesos de inmigración.
En el contexto de todo lo que hemos ido exponiendo, ciertamente en Johannesburgo-02, surgieron algunas resoluciones interesantes. Pero deberían haber sido mucho más drásticas, pues incluso aunque todos los proyectos se desarrollen cabalmente, la gran pregunta sin responder es bien sencilla. ¿Llegaremos a tiempo? ¿O por el contrario, la suerte de la especie humana ya está echada en los términos más patéticos?
Es el marco de sostenibilidad aquí someramente enunciado en el que vamos a ir viendo en este Curso una serie de temas sobre indicadores de sostenibilidad. Se trata de que siguiendo la vieja de William Petty seamos capaces de “medir, pensar y contar”, los graves problemas ambientales. Y junto con Gustavo Matías como codirector del Curso, y con Gemma Durán, y todos los intervinientes del ciclo que hemos preparado, vamos a empeñarnos en ver el estudio de la cuestión haciendo propuestas para nuevos avances en esta área de nuestras preocupaciones.
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